La invención de la fotografía en 1824 transforma la pintura. Se vuelve inútil tratar de pintar lo más realistamente posible y se hace necesario cambiar la forma de representar y mostrar las imágenes. Abandonando los temas históricos o mitológicos, el artista sale del taller para pintar al aire libre (“pintura in situ”), sobre todo gracias a la invención del tubo de pintura flexible.
Entre los fundadores del Impresionismo figuran Monet, Renoir, Sisley, Manet, Cézanne y Degas. Estos artistas poseen una nueva concepción de la pintura: pintan sus propias impresiones, objetos y personas en movimiento, elementos (la luz, el viento, la nieve, el agua)… Sus colores vibran. Los impresionistas marcan la ruptura del arte moderno con el academismo, resumido en la fórmula de Manet: “Yo pinto lo que veo, y no lo que quieren ver los otros”.
El apelativo “impresionista” surge a raíz de una crítica burlona, y en 1872, Claude Monet utiliza esta nueva corriente y pinta “Impresión, sol naciente” que otorgará su nombre al movimiento pictórico impresionista. “El Almuerzo sobre la Hierba”, de Manet, una de las obras pioneras, vendrá seguida de muchas otras, como: “Las Ninfeas”, de Monet o “El Baile del Moulin de la Galette”, de Renoir, que en la actualidad se pueden admirar en los museos de París (en la Orangerie y el Orsay, respectivamente). Al movimiento se unirán posteriormente otros maestros como Gauguin y Van Gogh.
Los pintores impresionistas tienen muchos lugares predilectos: Normandía y Giverny para Monet (especialmente el Museo de los Impresionistas), pero también Auvers-sur-Oise y, por supuesto, París, con el Museo Marmottan y, sobre todo, el Museo d’Orsay, que presenta la mayor colección de pinturas impresionistas y post-impresionistas del mundo.
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