Las fabulosas gárgolas de Notre-Dame de París

Catedral de Notre-Dame de París A partir de 20,00 € Más información

La catedral de Notre-Dame de París, edificio gótico erigido en la Edad Media, cuenta con numerosas esculturas, entre ellas, gran número de gárgolas. ¡Descubra las sorprendentes, fabulosas y legendarias gárgolas de Notre-Dame de París durante su visita! Seguirá tanto la huella de maestros constructores y escultores de la Edad Media como el extraordinario talento como escritor de Víctor Hugo.

Las gárgolas de Notre-Dame vigilan desde lo alto del edificio.

Si ya se ha acercado a la catedral de Notre-Dame de París, seguramente habrá detectado, entre la abundante decoración de sus distintas fachadas, entre arbotantes y pináculos, unas extrañas esculturas de aire fantástico. Las gárgolas y otras quimeras forman parte integral de la historia de la catedral y del espíritu del lugar.

Las gárgolas tienen, en primer lugar, una utilidad práctica. El agua de lluvia que corre sobre los tejados de Notre-Dame de París debe evacuarse sin que resbale por los muros, que podrían degradarse. Al lanzar el agua de lluvia al vacío, las gárgolas protegen la catedral y evitan que el exceso de escorrentía cause daños a la piedra. Esa es la diferencia principal entre las gárgolas y las quimeras. Las primeras sirven para evacuar el agua de lluvia, mientras que las segundas tienen finalidad decorativa.

La función simbólica de las gárgolas de Notre-Dame de París

Las gárgolas, además de proteger el edificio frente a las inclemencias del cielo y evitar que el agua de lluvia no se escurra demasiado cerca de los muros, brindan protección simbólica. Con aspectos a menudo espeluznantes, representan monstruos de bestiarios fantásticos, animales salvajes o domésticos, e incluso hombres. Estos monstruos deben espantar a los demonios y las fuerzas del mar y ahuyentarlos de los muros santificados, que albergan la comunidad de creyentes. También ofrecen una función purificadora, puesto que engullen las aguas sucias y usadas y las alejan de los muros.

Su aspecto sorprendente y la mística que las rodea no ha sido indiferente a los artistas, que ven en ellas criaturas fabulosas y las incluyen en sus relatos. Víctor Hugo, en su novela Nuestra Señora de París, concede a las gárgolas un papel importante en la trama. Por su visible fealdad, pero también por su función salvadora, son el contrapunto del jorobado Quasimodo.

Por lo tanto, cuando visite la isla de la Cité o se sitúe en el atrio de Notre Dame, alce la mirada al cielo y contemple las gárgolas, guardianas solitarias y silenciosas del edificio, que desafían la vileza humana, las guerras y las inclemencias desde hace siglos.